Friday, July 9, 2010

DIA 16. El ascenso


Son las 10 de la mañana. En estos momentos me encuentro a unos 2000 metros sobre el nivel del mar, en el restaurante de uno de los hoteles más lujosos de Malawi, con un ventanal inmenso que me proporciona una vista impresionante de uno de los puntos más altos del país. Lo máximo a lo que alcanza mi presupuesto: una botella de agua, de plástico. Lo suficiente para tener el derecho a sentarme aquí y descansar un rato. Acabo de coronar la cima del Zomba Plateu. Por lo que se refiere a la subida, ha sido un infierno.

A las seis de la mañana sonó el despertador, es decir, el almuédano (o la cinta grabada por el almuédano) llamando a la oración desde la mezquita. El alboroto que se escuchaba en el motel a esa hora ya era de órdago. Idas y venidas, gritos, despertares, coches y camiones, tacones en el pasillo, duchas… se oía de todo. Así que me levanté dispuesto a ascender a uno de los picos más altos de Malawi, a pie. Es un paraje montañoso rodeado de cataratas, lagos y toda clase de especies vegetales. Había escuchado que era un bonito ascenso así que me propuse hacerlo y entrevistar a unas cuantas personas allí arriba.

Empecé motivado. Acabé derrotado.

A veces me pregunto qué es lo que encuentra el hombre de fascinante en los deportes como éste. Resulta que hay un camino que se puede hacer perfectamente en coche, en autobús o caballo, yo que sé, en cualquier otro medio que no suponga ningún esfuerzo. Pero no, el hombre decide (yo decido) hacerlo andando, sudar, sufrir, cansarse, y por fin coronar la cima. Supongo que en toda subida de montaña hay siempre algo de espiritual: es una ascenso personal en todos los sentidos; nos gusta sabernos fuertes y sanos (aunque la realidad es que no lo estemos), nos gusta llegar al punto más alto, ser los más altos, contemplar el mundo desde otra perspectiva, caminar solos por un sendero silencioso, sosegado y fresco, y pensar un poco en cosas que en nuestro caminar diario no podemos paramos a pensar… y por fin, arriba en el albergue, te espera tu recompensa, el descanso merecido, la medalla al campeón. En mi caso, una botella de agua, de plástico, en un hotel de lujo. Lo suficiente para relajarme por unos segundos antes de continuar la marcha. Simbólicamente, el ascenso de montaña es algo metafísico, mucho más trascendente de lo que yo pueda transmitir con tan parcas palabras.

Mi intención ahora es moverme por la cima y entrevistar a algún aldeano y a alguien del servicio del hotel, para ver qué tipo de gente viene por aquí. Aprovecharé para pasar una mañana respirando aire fresco y bañándome en alguna que otra catarata de las que tengo entendido que hay por aquí. Creo que hoy no voy a poder evitar tener que hacer alguna que otra foto de paisajes.

Mañana me mudo. Me voy a Blantyre, el centro económico de Malawi. Una pena, ahora que empezaba a cogerle el gusto a esta ciudad. Hasta me estaba cayendo en gracia este modesto pero confortable motelillo… Pero así ha sido desde que llegué. En cuanto me acomodo, me hago a la ciudad y a su gente, le cojo las medidas y me estabilizo, y sobre todo cuando ya tengo la habitación lo suficientemente desordenada como para sentir que es mía y sólo mía… justo ahí, ¡cambio de planes!, a empezar de nuevo en otro sitio que no conozco y con gente que no sé cómo va a reaccionar ante mi propuesta de trabajo.

Veamos pues que tal me va en Blantyre. Veamos qué historia tienen ellos que contarme.

Monday, July 5, 2010

DIA 15, Preguntas y respuestas


A unos cientos de kilómetros de aquí, España jugaba ayer un partido de fútbol y yo lo veía apoyado en la barra de un bar, cerveza en mano, como único representante de la roja, e intentando que los tres o cuatro jóvenes camioneros que pasaban la noche en el motel supieran un poco de qué iba la cosa. Pero, desgraciadamente la lluvia que me había pillado en la montaña se convirtió por la noche en un aguacero (¡por fin!). Teniendo en cuenta que el sistema de satélite de este lugar no estaba preparado para tal imprevisto, se perdió la transmisión antes de acabar la primera parte, así que me acosté sin saber si la selección española seguiría al día siguiente bajo el trópico de capricornio o si por el contrario emprendería la vuelta a casa.

Hoy, nada más levantarme, salí y compré el periódico. Sección deportiva. Nada de nada. Aquí el mundo se despierta incluso antes que salga el sol, por lo tanto se acuesta también muy temprano, y la edición de los periódicos cierra lo suficientemente pronto como para no saber quién ganó el partido que acabó antes de medianoche. Pero el mundial está en boca de todos y no fue difícil saber que habíamos ganado a Paraguay. El ser africano, a pesar de las diferencias, arraiga muy bien, así que hasta que Ghana fue eliminada toda África era una piña, unida por la causa; ahora, no estaba muy claro por quién se decantaban, pero desde luego si que estaban al tanto de la eliminatoria. Si me presentaba y decía “I´m from Spain”, ellos en seguida sacaban el tema del fútbol.

Hablando de periódicos, es increíble la cantidad de información que saco de él. Es toda una fuente (agotable) de conocimiento. Gracias a él me entero de cosas que tardaría meses en conocer. Algunos pensaran que el periódico no es más que una sarta de mentiras. Bueno, aunque discrepe en este punto (y aún consciente de que muchas de las veces el redactor no tiene tiempo para contrastar las fuentes y publica lo que le viene de otra fuente), incluso aunque un periódico falte a la verdad, está contando mucho de la sociedad de la que habla. Un periódico no es más que el reflejo de la sociedad en la que está inmerso. Que el periódico miente, sabemos que la sociedad miente. El periódico lo hacen hombres, no extraterrestres, y esos hombres son parte de la sociedad.

La hipocresía es el homenaje que el vicio le hace a la virtud, dijo Steinner. Esta frase hay que leerla unas cuantas veces para entenderla. Si Maria le dice a su médico nutricionista que no ha comido productos grasos y en realidad sí los ha comido cuando debería estar de dieta, es una falsa hipócrita; correcto, pero por medio de esa hipocresía reconoce la virtud a la que ella, por su debilidad, no ha podido acceder (la continencia). De modo que si un periódico miente, o si falta a la verdad, en ese acto está reconociendo cuáles son los valores de esa sociedad, el ideal al que aspira (pero que no puede conseguir), aunque sea por oposición, por mentira.

Así que últimamente, en este tranquilo paraje de montañas donde las entrevistas son más espaciadas, donde tengo más tiempo libre, una de mis aficiones es devorar periódicos. Los compro todos y tengo serios problemas de almacenamiento (no quiero tirar nada; documento, me digo, esto es un documento). Con el paso de los días observo que en las páginas del periódico se habla del sida, y mucho. Se habla en la sección editorial, en las cartas al director, en los artículos de opinión, en la sección puramente informativa y por último en una singular sección llamada “Short Stories” que está presente en la mayoría de los diarios y que no es más que una historia con moraleja, del tipo “le fui infiel a mi mujer con la secretaria y he traído el caos a mi familia”. La infidelidad es el monotema. Malawi es un país en vías de desarrollo, recibe bastantes ayudas del extranjero y con ellas llegan también valores culturales distintos, pero a pesar de todo, es una sociedad muy tradicional donde la religión juega un papel importante. La presencia musulmana, católica y protestante es palpable en sus ciudades y en las aldeas. Por tanto, sabemos que ser infiel aquí está considerado como algo malo, como pecado (en Europa ya empiezo a dudarlo), pero es un pecado que se sabe que muchos cometen, que se sabe cometido (pecado aceptado). No sólo eso, sino que más importante casi la consecuencia de la infidelidad, sorprendentemente, es el valor que se le da al reconocimiento de la culpa. Por eso se encuentran en el periódico infinitud de cartas (anónimas unas, firmadas otras) en la que el afectado se arma de valor y reconoce su debilidad. Caí una vez. Caí varias. Me contagié aquí. O tal vez allá. Imposible saberlo… La infección ha sido fruto de la promiscuidad del hombre en la mayoría de los casos. La verdad es que dudo que el reparto de unos condoncillos aquí y allá solucione el problema. La mentalidad del africano es muy distinta a la nuestra. Hay presente una serie de valores, de creencias, de tradiciones, aparte del acceso al conocimiento, a la educación sexual… son muchos aspectos coyunturales que los occidentales intentamos parchear con el látex del preservativo. Es mucho más que eso. Las estadísticas del fracaso hablan por sí solas.

A veces intento ver qué es lo que estamos haciendo desde Occidente con estos países. Intento mirar con perspectiva y no sé si lo logro. Por un lado los expoliamos en cuanto sabemos que tienen un material extremadamente necesario para nuestro cómodo Estado del Bienestar (petróleo, coltán, mano de obra barata para muebles prácticos y baratos del ikea…) de modo que estos países casi lo que prefieren ya es no encontrar nada excesivamente valioso para no ser brutal (y diplomáticamente) arrasados; por otro, e hipócritamente (¿otro homenaje a la virtud?) nos lavamos la conciencia mandando ONGs y enviando cantidades de dinero ingentes para programas de lucha contra la malaria, el sida, la malnutrición, etc. A pesar de todo esto, lo que más me preocupa es la cuestión cultural: ¿Dónde está el límite que separa el acceso al desarrollo, la democratización y los derechos universales que supuestamente le estamos llevando, de la imposición de unos patrones culturales occidentales? ¿Por qué un africano ha de acabar viviendo como un europeo? ¿No es posible un desarrollo que mantenga su cultura? Todas estas preguntas se las hago a los malawianos cuando los entrevisto, normalmente ya al final, pues ya se encuentran más relajados y dispuestos a manifestar su punto de vista sobre temas más espinosos. Y es que me interesa su opinión sobre el momento histórico en el que se encuentran (recién llegados a la democracia, prosperando poco a poco), además de su perspectiva sobre temas como el rol de la mujer, el diálogo interconfesional, las medidas para el desarrollo, el sistema educativo, la clase política, etc.

En general las respuestas son muy parecidas: la mujer (sobre todo en la ciudad) está accediendo ahora por fin a ciertos puestos de trabajo (el cuidado de los niños ya es cosa de dos), se respira un clima de libertad de religión bastante saludable (y cuando hay problemas es más desde arriba que desde abajo, donde la convivencia es buena), se agradece a la clase política actual los esfuerzos en sanidad (que es totalmente gratuita), comunicaciones (mejora de la red de carreteras) y educación (aunque quizá éste sea el punto más flaco, pues para muchos sigue siendo inaccesible, no ya la universidad, sino también la secundaria). En general, buenas perspectivas a pesar del reconocimiento de la debilidad, de la situación de pobreza.
En cuanto a la cuestión cultural, a preguntas obvias respuestas obvias: “por supuesto que queremos la ayuda internacional, pero sin imposiciones culturales”. Pero eso, al menos así lo creo yo, es muy difícil de delimitar. Es como querer la luz del sol para poder vez pero no su calor para que no te queme. Y yo me pregunto: si desde Sevilla envío al país de nunca jamás (para no señalar a nadie) unos vaqueros, un saco de pasta, cubertería o dinero para medicinas, siendo el país de nunca jamás (para seguir con el anonimato) un país que prefiere no usar más que un manto para vestirse, una comida ancestral antes que la pasta, comer con las manos antes que usar un tridente de plata, y el trueque antes que el dinero para las transacciones comerciales, ¿no es esa ayuda internacional (a pesar de paliativa, no lo dudo) ya de por sí una imposición de un patrón cultural, el nuestro? Porque lo que está claro es que una vez delante del plato de macarrones, de los vaqueros, del dinerito en mano o de la brillante cubertería, el ciudadano hambriento del país de nunca jamás no dirá: “No, no, esto retíralo de mi vista que es un símbolo que representa la invasión cultural a la que estamos siendo sometidos”. No. Se pondrá los vaqueros, comerá la pasta, aprenderá a usar el tenedor y cogerá el dinero para las medicinas lo más rápido posible.

Por si surge la duda, cuando en mis relatos (de ficción o no, da igual) me hago continuamente infinitud de preguntas y no ofrezco ninguna respuesta, no es para prolongar el suspense y dar la solución en el último capítulo, es porque sencillamente desconozco esa respuesta.

DIA 14, Volver a empezar


4:00 a.m. Suena el despertador. Esto ya roza lo absurdo. Hoy me he levantado antes que los gallos, pero bueno, todo sea por aprovechar un coche que sale a Zomba, la antigua capital de Malawi.

Me despedí de las misiones, de la vida en el campo, de la comida india que preparaban las hermanas (y de sus deliciosas salsas picantes), de la cama confortable y la lavadora, de la cocina con horno y fregadero, del baño con agua caliente.

A las 9 de la mañana llegué al hotel. Al hotelillo. Bueno más bien al motel. No voy a describir la habitación para evitar dar pena. Por lo menos tienen una cosa buena: esta noche, en el bar, televisan el partido de España. Algo es algo.

Salí a la calle. Chico nuevo en la ciudad. Blanco a la vista. Todos a por él. Con el tiempo, he aprendido a esquivarlos… no curioseo, no me paro a ver, no pregunto… sigo mi camino seguro de mi mismo como si supiera a donde voy, aunque no tenga ni idea. Es verdad que creerte que eres algo a veces ayuda. A mi me funciona. Eso frena a los comerciantes, pero solo por un instante, hasta que por error aparezco perdido en la misma calle y se dan cuenta de que no tengo ni idea de donde estoy. ¡Eh sir! ¡Come, sir!
Como me sentía un poco bajo de fuerzas para desenfundar la cámara me dediqué a pasear por esta pequeña ciudad. De repente y sin motivo alguno, la ciudad termina y empieza el bosque. No hay gradación, es una línea perfectamente dibujada en forma de carretera. Arriba, perdido en la espesura de la montaña, está el antiguo parlamento, además de un sin fin de atracciones turísticas como cataratas, senderos escarpados y toda clase de negocios de montaña.

Me adentro en el bosque.

Lo último que uno piensa en un sitio así es que está en África. La sucesión de especies vegetales aquí es infinita. Toda una serie de árboles para mí totalmente desconocidos pueblan la ladera de la montaña. De la nada sale un mono. Ahora un cartel: “Be ware of the dogs”, e ipsofacto y sin apenas tiempo para reaccionar, giro la cabeza y veo cómo a lo lejos se organiza una jauría de perros sarnosos dispuesto a defender su territorio. Huyo a paso veloz intentado no sudar para que no huelan lo acojonado que estoy. La rabia, pienso, la rabia. De repente me siento húmedo. No, no me lo he hecho encima. Por primera vez desde que llegué aquí, llueve. Clima de alta montaña, supongo. Peligra el equipo, así que emprendo la bajada hasta que sin más preámbulo que una puerta de madera se abre en la espesura verde un campo de golf. Entro. Venzo la pereza. Hablo de mi proyecto. Surge la primera cita: a las dos en el bar del campo de golf. Sin yo saberlo todavía, un pez gordo ha mordido el anzuelo.

Entro en una librería. Me interesa saber el precio de los libros escolares, seguramente bastante caros en relación a los salarios. Busco al propietario. Concierto una cita para mañana. Quiero que me lo explique. Continúo en su librería buscando algún libro del lugar para entretenerme. Compro uno de un profesor universitario de Malawi que se doctoró en los Estados Unidos y, siendo la excepción que confirma la regla, ha vuelto a Zomba, la ciudad en la que me encuentro (es que la inteligencia, en África, por lo general, permanece en el exilio vitalicio). El libro que he adquirido es una recopilación de literatura africana sobre el sida. Tiene buena pinta. Pido su teléfono a todo ser viviente. Por fin, con algo tan sencillo como fue buscarlo en la guía telefónica, aparece. No tengo móvil así que me paso la mañana en la cabina pública de correos intentado localizarlo. Por fin alguien descuelga el aparato. Es él. Está muy ocupado y no puede. Mañana volveré a llamarlo. Aunque sea solo por pesado.

Ando por la calle, me puede la pereza. Son cerca de las 2 de la tarde. No quiero hacer entrevistas. Estoy cansado y en este pueblo se respira un aire incómodo. Parece como si hubiese un microclima de silencio irrespirable. Si no eres de aquí no puedes soportarlo. Parecen que quieren que me vaya, que no les moleste. No sé, puede ser el miedo a lo desconocido. Me pueden las miradas. De repente, blanco a la vista. No soy yo. Por fin, aparecen otros. Me tranquilizo. Al parecer no es el pueblo fantasma que sospechaba. Aquí hay vida. Justo lo que necesitaba. Fuerzas. Veo un taxista, hablo con él. Otra entrevista para mañana. Y ya van tres. Esto es lo que se llama trabajo de producción. Mañana: realización.

Las 2. Llego tarde al campo de golf. Es un complejo deportivo a pie de montaña con unas instalaciones impresionantes. Además del campo del golf, tiene pista de tenis, bar, salón de celebraciones, salón de juego, sala de visitas y otras dependencias en las que no me atrevo a hurgar. El entrevistado me invita a una cerveza y me dice de pregunta de qué tipo la quiero. Viene de echar una partidita de golf. No trabaja, dice. Desde luego este tío está en el taco. Hablamos, le hago las fotos. No paga la cerveza y antes de irme me dice, sin ninguna clase de preámbulo: “Todo esto que ves, todo, es mío. Este es uno de los negocios de los que te hablaba”. Parecía el Rey León, Mufasa enseñándole al pequeño Simba el reino que un día sería suyo, con la pequeña diferencia de que ese reino nunca sería mío y que aquí tampoco había cementerio de elefantes.

Pues gracias por la cerveza y que tenga un buen día.

A las cuatro y media tengo una entrevista con un estudiante de enfermería que he localizado por medio de uno amigo de Lilongwe. Por fin uno que puede pagarse los estudios, veamos cómo se las arregla.

Termino el capuchino. Apago el portátil. Voy a su encuentro.

Saturday, July 3, 2010

DIA 13, Son sueños.


Ayer tenía pensado escribir sobre el excelente estado de salud en el que me encontraba. Ni una diarrea, ni una picadura, ni un mareo..., y del esguince de tobillo ni rastro. No daba crédito. Pues bien, eso fue ayer, no hoy.

Cuando viajas a África te advierten de todos los males habidos y por haber que pueden afectarte: malaria, sida, insectos, diarreas… nada bueno. Así que pasas las primeras semanas con mucha precaución, bebiendo agua de botella, cuidando las comidas, usando repelente de mosquitos y tomándote las pastillas necesarias. Cuando pasa ese período inicial, adviertes que no es para tanto y te relajas un poco en los hábitos de salud. Ahí es cuando caes. Ahí estoy yo. Ayer caí, y bien caído.

Deje de escribir a eso de las diez de la noche. Acabé mi relato del día 12 y me dispuse a leer un poco. Tenía la vista un poco cansada porque había estado mirando la pantalla del portátil mucho tiempo, primero viendo las fotos del día y luego escribiendo el diario. La única luz que había en la habitación, además de la que proyectaba la pantallita del minúsculo ordenador, era la de una vela que había encendido dos horas antes.

Terminé, digo, y me dirigí a la cama. Noté que algo iba mal. Me sentí un poco mareado. En mi mesilla de noche me esperaban un libro, un cuaderno de notas de Malawi y el periódico del día. Quería leerlo todo. No leí nada. Comprendí que lo del mareo no era ninguna tontería cuando la habitación empezó a dar vueltas. Tal cual. Había escuchado esa expresión muchas veces y siempre pensé que no era más que eso, una expresión. Así que conscientemente me concentré en mirar un punto, la puerta. Ésta empezó a girar cíclicamente como si fuese un ventilador. Cambié de punto, la lámpara. Giraba igual. No daba crédito, pues verdaderamente la habitación estaba dando vueltas. Cerré los ojos a ver si cesaba el parque de atracciones en el que estaba inmerso. Nada más cerrarlos noté que perdía el equilibrio, lo cual me produjo una náusea vomitiva. Me levanté y fui y al baño. Eructé. Me sentí mejor, pero solo durante unos segundos. Luego llegó la náusea, el dolor de barriga, otra vez las ganas de vomitar, la sensación de desequilibrio, el mareo en general… llegaron todos a una, todos a por mí. Necesitaba respirar aire fresco, así que salí fuera. En mi camino a la puerta me tambaleaba como un borracho. Pensé que de un momento a otro me desplomaría en el suelo, así que emprendí el camino al hospital, tal cual estaba, en pijama en medio de la noche. Cuando llegué allí no había nadie y los guardias dormían, preferí no alarmar a nadie. Las Hermanas, por supuesto, dormían a esa hora. Cuando entré de nuevo en la casa noté que mi habitación despedía un intenso olor a repelente de mosquitos y a cera y mecha quemada. Faltaba el oxígeno. Salí fuera otra vez, respiré aire puro y me volví al cuarto a dormir como pude.

Tengo tres teorías. Primera: lo que viví ayer fue un sueño, un estado onírico que aún hoy se me asemeja tremendamente real, vivido, existente; segunda: dos horas encerrado en el cuarto oliendo a mosy-guard y con la cera ardiendo (ventanas por supuesto cerradas para evitar insectos) acabaron por crear un clima irrespirable y fatigarme, así que al levantarme me vino el mareo de golpe; tercera teoría: la comida. Como rito de iniciación de la vida que me esperaba, ayer empecé a comer en la calle: patatas asadas, pan frito, e incluso un ternero al que yo mismo había visto degollar, desollar, descuartizar y cocinar delante de mí. Algo de eso me había sentado tremendamente mal. Tres teoría, ninguna conclusión. Nunca sabré qué es lo que me pasó ayer, pero por un momento temí que uno de esos malditos mosquitos me había inyectado el peor de los venenos del trópico. Ha sido un aviso, intentaré tener cuidado.

Por lo demás, hoy me desperté temprano y empleé todo el día en hacer las últimas entrevistas en el medio rural, ya que a partir de mañana, que me mudo, todo serán grandes ciudades.

Entre las personas entrevistadas, conseguí por fin a un vendedor de pescado (en Malawi, el pescado seco se vende como rosquillas, que para algo tienen ese pedazo de lago); otro de mis sujetos retratados fue un musulmán en principio reacio a la entrevista, de buena posición social (buen sueldo y buen coche) y muy ocupado (el teléfono no paró de sonar), propietario de un bar y un billar (tuve que volver a jugar, empiezo a ver en el billar un buen gancho para las entrevistas); entrevisté también a un jefe de obra, un chico bastante inteligente que sin embargo cobra cuatro perras y que, como la mayoría de los malawianos, ha tenido que dejar la universidad a mitad por falta de dinero; hice por primera vez una entrevista doble a dos hermanos que se dedicaban a vender patatas y carne en la calle (les he seguido en todo el proceso: compra de patatas y ternera, matanza, limpieza, cocina, venta); pero sin duda el más interesante ha sido el jefe de un poblado (el chief, el afumu, todo el mundo lo llama así), el cual me ha enseñado su casa, su familia, el poblado del que se hacer cargo, y me ha hablado de sus funciones, de sus deberes para con el afumu de los afumus (el jefe de los jefes) ante el cual él rinde cuentas. Su casa estaba llena de sacos de maíz recogidos por su familia hace unos meses. Lo que tiene almacenado le sirve para alimentarse todo el año, así hasta la recogida de la próxima temporada. Y de nuevo vuelta a empezar el año próximo, si el tiempo ayuda, claro.

Si al final este urbanita que llevo dentro acabará aprendiendo lo que de agricultura y ganadería nunca ha sabido por vivir donde ha vivido, por un sistema educativo penoso y por falta de curiosidad.

DIA 12, Preparativos.


Hoy empieza una nueva etapa.

El grupo de cooperantes españoles con el que me he estado moviendo estos días ha vuelto a casa. He ido al hipermercado, he hecho unas compras y me he preparado para dos semanitas de trabajito para mi solo, para mi proyecto, para moverme por donde quiera, como quiera, como pueda.

Así que he decidido quedarme dos días más en Mlale para cerrar unas entrevistas que tenía pendiente en la zona rural. El sábado me voy a Zomba, la antigua capital de Malawi. Allí pasaré dos o tres días donde encuentre un sitio confortable y barato. Luego cogeré un autobús a Blantyre, el centro económico del país, donde quiero aprovechar para visitar la sede de los periódicos nacionales a ver si pillo algún periodista. Por último, volveré a Lilongwe, la capital, para pasar los últimos dos o tres días allí entrevistando a los urbanitas. Ese el plan, veremos a ver qué sale.

Como toma de conciencia de lo que me espera hoy he cogido el primer autobús. El concepto del autobús en esta parte del mundo es muy peculiar, por lo que merece la pena que me detenga a explicarlo. Hay un tipo de coche que se llama Toyota Hiace que al parecer se ha hecho de oro en África. Es una furgonetilla de diez plazas pero que a base de ingenios, sillitas, cuclillas y apretujones, normalmente el autobús no sale hasta que no tiene a quince personas dentro. Quince, he dicho bien. Aparte del chofer y el cobrador, que se encarga de vocear el destino en la puerta hasta que llena el vehículo.

La espera puede demorarse mucho, y aquí entra en acción una economía paralela a la que vemos en la tiendas de Malawi. Por las ventanillas y la puerta corredera aún abierta empiezan a aparecer manos ofreciendo productos de todos los tipos y de todos lo colores. He hecho una lista con todo lo que me han ofrecido en los diez minutos de espera en el interior del vehículo. Atención: agua, refrescos, pasta de diente, cepillos, plátanos, manzanas, pan frito, pan normal, manteles, helados, cedés, películas, carcasas de móvil, galletas, chupa-chups y por último: unos zapatos. Increíble. No pude resistirme y aunque venía de hacer la compra (y también dejándome llevar por el impulso consumista de mis acompañantes) acabe probando uno de esos panes fritos caseros. Este es uno de los signos en los que veo prosperidad en Malawi, pues en Etiopía aparecen muchas manos, sí, pero son manos mendicantes. Aquí, al menos, aparecen vendiéndote algo. Ya es un paso.

Aparte de estos minibuses tan arraigados aquí, hay otros tipos de vehículos que se dejan ver bastante por aquí: primero están los camiones, todo el año inactivos y ahora saturados con el reparto del tabaco que se está recogiendo desde abril; en segundo lugar tenemos a los turismos particulares y las camionetas Toyota (otra vez) con el maletero descubierto donde se apiñan multitud de cabezas de hombres, mujeres y niños que aprovechan el porte a donde sea; por último, están los 4x4. Estos coches de cinco plazas y amplio maletero son, en su mayoría y debido a su alto precio, exclusividad de las ONG, congregaciones religiosas u organismos internacionales como UNICEF, Manos Unidas o Médicos sin Fronteras. Estas dos primeras semanas no he parado de moverme en uno de estos coches. Lo hacemos, no se olvide, por el carril izquierdo, que para algo Malawi (anteriormente, Nyassilandia), fue colonia inglesa. No son pocas las historias de cooperantes, misioneros, voluntarios o trabajadores extranjeros que al volver a su país perecieron en la carretera por algo tan simple pero a la vez tan peligroso como lo fue el haberse habituado a conducir por el lado contrario de la calzada. Capricho inglés.

Esto es lo que me ocurrido por la tarde:
El camino que hice desde el sitio en el que me dejó el autobús hasta el recinto de Mlale era un trecho corto, pero suficiente como para encontrarme mucha gente por el camino. La primera, una niña de 14 años que llegaba tarde a clase, me pidió primero un bolígrafo, luego un cuaderno, luego unas galletas y por último me dijo que sus padres estaban muertos y que le pagara los estudios y le comprara unos zapatos. Luego ví al guardia de seguridad al que le hice una entrevista, le dije como pude (con la misma niña que iba a mi lado traduciéndole al chichewa) que tenía que repetir la foto porque no me había salido bien. Como en su día le di una propina por el trabajito, su mujer que estaba con él, me pidió que le diera dinero para construir el tejado de su casa. Cuando llegué al recinto de Mlale fui a escuchar el coro parroquial. Antes de irme, me dijeron que por favor les ayudase con las copias de los cedés que están vendiendo, que si les podía ir a la ciudad y hacerles 50 copias del diseño de la carátula, a color, o bien darle el dinero a ellos. En el camino de la Iglesia a la casa (ni 100 metros) me abordó un chico al que le hice una entrevista en su día y me dijo que si había conseguido alguien en España que le pagara los estudios. Cuando ya estaba a las puertas de la casa me abordó por fin el último sujeto, uno de los trabajadores del hospital al que también le hice una entrevista y un retrato. Me dijo: “Tengo que hablar contigo”. Le dije: “Cuéntame, ¿qué te pasa?”. Me respondió: “No, no, tenemos que sentarnos a hablar, hay algo que discutir, quiero plantearte algo”.

Suspiro. Cierro los ojos. Estoy cansando...

DIA 11, Malaui: llamarada de fuego


Hoy me he tomado unas vacaciones aprovechando que el grupo de cooperantes españoles iba de excursión al lago Malawi. El que un día fuera el lago Nyassa, con una extensión de cerca de 700 km de largo, es el tercer lago más grande de África y el que más especies distintas tiene en todo el globo terráqueo, siendo una fuente inagotable de abastecimiento de peces para los principales acuarios que hay repartidos por el mundo. Allí hemos estado apenas una hora comiendo en un restaurante mirando al lago; la mayor parte del tiempo la hemos pasado en a carretera, viajando, parando en sitios, conociendo cosas nuevas.

Salimos a las seis de la mañana (¡pues vaya vacaciones!). Unas nubes grises y aplastantemente bajas anunciaban un pronóstico meteorológico grave, pero en Malawi, en esta época del año que ocupa los meses de abril a octubre, ya puede soplar el viento, cubrirse el cielo y temer al peor de los pronósticos, que sorprendentemente, no cae ni una gota de lluvia. Algunos cientos de kilómetros más arriba, en Etiopía, caen uno o dos aguaceros diarios. Aquí sin embargo las lluvias no llegan hasta Octubre, época también en la que se empieza a sentir el intenso, asfixiante y húmedo calor propio de la sabana tropical africana. Pero por lo que respecta al tiempo de Malawi, aquí y ahora, las temperaturas son muy oscilantes, pues por la noche refresca lo suficiente como para ponerse una chalequito y por el día sin embargo hace un calorcillo primaveral. La verdad es que he tenido suerte, porque así no tengo que preocuparme si lloverá o no para proteger el equipo fotográfico.

El trayecto lo hicimos bastante rápido, pues se está construyendo una red de carreteras bastante apañada. Por supuesto de autopistas ni hablar. Dos carriles son suficientes ya que el país se mueve en bicicleta, que sin duda es el medio de transporte nacional por excelencia. Transportes lo que transportes lo harás en bicicleta: leña, sacos de harina, cemento o sal, personas o lo que se te ocurra… todo cabe en una bicicleta, que aquí adquiere un carácter especial, convirtiéndose en todo un prodigio de la ingeniería casera y el equilibrio en la pedalada. Si aquí hay un accidente, será de bicicleta, no de coche.

Hablando de accidentes, pongamos por caso que me ocurre algo o que me aqueja una enfermedad. Lo lógico es que vaya al médico. Claro, es lo lógico en un país de economía avanzada donde hay un sistema de sanidad que cubre esta necesidad en mayor o menor medida. En Malawi se da una circunstancia muy particular. No tengo acceso en estos momentos al dato de en qué puesto se haya el país según el IDH, pero estoy seguro que se encuentra entre los últimos 25 del mundo. Sin embargo y para mi perplejidad, tiene un sistema de sanidad pública totalmente gratuita. Como se lee. Cualquier persona puede ir al hospital y ser tratado de su dolencia. Otra cosa distinta es que el enfermo disponga de un hospital cercano y que el hospital al que vaya disponga de los medios suficientes. Pero el sólo hecho en sí es admirable. Además se está haciendo toda una campaña a nivel nacional y desde todos los frentes (sobre todo desde el gubernamental) para luchar contra la malaria, el auténtico elemento diezmador de la población. Por lo que respecta al Sida, otro de los grandes males que azota al continente, cualquier afectado en Malawi puede disponer de los antriretrovirales rápidamente, pues son dispensados de manera totalmente gratuita en hospitales públicos y privados gracias a los fondos de que dispone el gobierno proveniente de organismos internacionales de ayuda humanitaria.

Todavía no he tenido una estancia prolongada en la ciudad, pues paso la mayoría del tiempo en ámbitos rurales y casi siempre voy de paso. Pues bien, en las zonas rurales se da la presencia de un elemento que no me esperaba encontrar: el ladrillo. Al contrario que en otras zonas deprimidas del mundo, donde como mucho se aspira a una casita de adobe, aquí por el contrario todo el mundo tiene una casa de ladrillo, aunque sea de una sola habitación, pero siempre de ladrillo, aunque el tejado luego sea de tejas, Uralita o simplemente paja amontonada.

Parece por tanto que a pesar de todo, a pesar de la pobreza que se ve sobre todo en el campo, el país empieza a prosperar. El actual presidente está bastante bien considerado por la mayoría de la población; es un economista que parece haberse alejado de la oleada de descarada corrupción que ha asolado a la mayoría de los países africanos tras su independencia allá por los años sesenta. Sin embargo, no dejan de sorprenderme algunos desequilibrios económicos internos, pues teniendo una renta per cápita infinitamente inferior a la nuestra, mantiene el precio de productos como la gasolina, los electrodomésticos, los vehículos o las nuevas tecnologías igual o incluso más caros que en nuestro país. Un litro de gasolina, un euro, sin ir más lejos. Increíble. Un desajuste económico totalmente incomprensible.

En una de las muchas paradas realizadas, visitamos, como no podía ser de otra manera, una nueva misión. Incluía un orfanato de 120 niños y me sorprendió la perfecta organización del mismo. Además de la limpieza, la cantidad de empleo que ofrecía, la disciplina de los niños y el valor de los voluntarios (que pasan como mínimo un año allí), me llamó la atención sobretodo el sistema de autoabastecimiento que habían conseguido crear. Apenas compraban comida, pues tenían un amplísimo huerto donde cultivaban cebollas, lechugas, repollo, berenjenas y pimientos, además de sus frutos preferidos: mango, papaya, aguacate y plátano. La leche la sacaba en su mayoría de las vacas y cabras que tenían, de las cuales aprovechaban por supuesto también la carne, no sólo suyas, sino también de la infinidad de conejos y las gallinas que tenían. Toda una granja dispuesta para su propio consumo. Perfecta autosuficiencia que daba para alimentar a los miembros del recinto y a parte de la gente hambrienta que se agolpaba a las puertas del recinto de vez en cuando.

No puedo dejar de mencionar el maíz, que es la base de la alimentación de Malawi. Una vez machacado, la harina que se saca se mezcla con agua hervida y se hace así la nsima, una masa blanca totalmente insípida que es el pan de cada día de los malawianos. Los restos que sobran del proceso de prensado sirven para el pienso de los animales. Aquí no se tira nada. Se entiende ahora por qué el maíz es tan importante para ellos; sin él no sabrían de qué vivir, no sabrían qué comer.

Hablando de comida, son las 7 de la tarde. Me ruge el estómago. Voy a cenar.

DIA 10. El Know-How


Empiezo a pensar en la posible monotonía del resultado final de todo este trabajo: una serie de retratos con las vidas de la gente de Malawi. Eso no hay quien se lo trague. ¿Quién va a leer las historias? Somos el Homo Videns, el hombre que ve, la sociedad del espectáculo, pedimos imágenes que cuenten mucho en poco tiempo, no historias repetitivas y retratos idénticos. ¿Idénticos? ¿De verdad estoy haciendo retratos idénticos? Honestamente, creo en la singularidad del individuo: no hay dos personas iguales, no hay masa. Todo hombre tiene una gran historia que contar y solo hay que tender la mano para escucharla. Es un proceso muy complicado y sobre todo lento, pero es posible. Por ello intento convencerme de que el reportaje puede ser interesante: cualquier persona de cualquier condición puede decir lo que quiera (incluso mentirme, cosa que creo que ya han hecho), y eso quedará registrado. Sin embargo, de nuevo, algo falla: no veo un hilo argumental, no veo una narración, no veo la historia. Pero, ¿de verdad es tan necesaria la dichosa historia? ¿No basta con hacer este trabajo antropológico de campo? ¿No es una riqueza el saber qué piensa el ciudadano de a pie sobre su país, las oportunidades que ofrece, el modelo de familia, las tradiciones, la religión, el gobierno y la vida en general? Sinceramente, no lo sé. Sigo pensando en ello cuando me acuesto, sigo escribiéndolo en mi diario.

De vez en cuando tengo que cambiar el chip y hacer otro tipo de fotos, por ejemplo, las fotos que tengo que entregarle a las ONG que están colaborando aquí. Para mí son las fotos más aburridas y las más difíciles, porque cuando hago retratos tengo el permiso del fotografiado y el tiempo necesario, pero ir por el hospital fotografiando enfermos me es totalmente desagradable. Me parece un hurto, un asalto a mano armada. Cuando hago una foto me apropio de la identidad de alguien. ¿Qué menos que pedirle permiso? ¿A quién le gustaría que, estando convaleciente, venga una persona, te mire de arriba abajo y considerando que eres válido para su trabajo, te haga una foto y se vaya? Creo que a nadie. Y sin embargo tengo que hacerlas. He de documentar todo esto. Esa es la parte más profesional, la menos creativa.

Hoy ha sido un día tranquilo. A pesar de haberme levantado a las 6:30 (por fin, lo estoy consiguiendo) he pasado el día viajando de Kapiri a Mlale, donde he vuelto a establecer mi campamento base. En dos días se va el grupo de cooperantes sevillanos con los que vine, y estoy aquí para despedirlos y a terminar las entrevistas en el medio rural. Entonces me quedaré totalmente solo. Probablemente me vaya la última semana a la capital a conocer a su gente. Toca ir a la city.

Pienso en muchas de las cosas que hablé ayer con la Hermana Patricia. Recuerdo dos en la que hizo especial hincapié: la primera cosa que me preguntó fue por qué estaba haciendo esto, qué era lo que quería transmitir. Le di una respuesta que no se muy bien si era lo que yo realmente pensaba sobre este trabajo o lo que quería que ella escuchara. Le dije que no quería transmitir ningún mensaje (¿seguro?), que no quería dirigir el pensamiento de nadie (¿ciertamente?), que lo único que pretendía es darle voz a los malawianos, a todos, sin distinción de edad, sexo o condición social, que hablasen de sus vidas y le contaran algo al mundo, lo que quisieran. Esa fue mi respuesta, y hoy sigo preguntándome: ¿Realmente es así?

La segunda cosa que me aconsejó fue que si de verdad quería hacer eso, que no perdiera el tiempo fotografiando paisajes, lagos, puestas de sol y chorradas de ese tipo. La verdad que me gustó que me dijera eso, porque era lo que estaba haciendo; aunque no deja de ser un consejo (ya lo he dicho, no escucho consejos) ahora tengo la sensación de que el trabajo va por buen camino. La tentación de hacer fotografía en la calle, en el lago, en los ríos, las montañas, etc., son innumerables, y de hecho a veces las hago (documento, me digo a mi mismo, esto es un documento), pero intento centrarme en que la mayoría de las horas de luz (de seis de la mañana a seis de la tarde) sean para el trabajo que he venido a hacer, con los puntuales descansos para las comidas.

Hay muchas formas de acercarse al entrevistado. Hay quien prefiere hacerlo cámara en mano desde el principio, para no engañar y desde el primer vistazo dejar claro quién eres. Otros, como yo, utilizamos otra táctica: en vez de echar el anzuelo y esperar a ver si algún pez pica, prefiero observar el mar y sacar la red a destajo cuando ya lo he visto. De forma que si, por ejemplo, voy a un mercado, empiezo a pasear, me empiezan a ofrecer productos, empezamos a hablar y de repente considero que un sujeto me puede proporcionar una entrevista interesante (¿estoy ya haciendo yo una criba personal?), entonces es cuando le suelto la parrafada: “Me llamo Gonzalo, vengo de España y soy periodista (¿lo soy?), estoy haciendo un reportaje sobre la gente de Malawi, ¿le gustaría participar?” Normalmente aceptan (tampoco tienen mucho más que hacer) y entonces les explico que tenemos que hacer una entrevista y luego una sesión de fotos (que suele ser el momento del alboroto y del espectáculo). Les hablo de la intención del futuro libro (que aún no sé si habrá libro), y les hago firmar un acuerdo en el que me dan su consentimiento para publicar tanto la foto como la entrevista. Dependiendo de la situación, hacemos todo el proceso en la mesa de un restaurante, sentados en el césped de un hotel, en su casa si está cerca o en un camino de tierra, donde surja. Lo único que siempre intento es que se encuentren cómodos y relajados y que en la foto salga al menos algún elemento que los caracterice: su tienda, un instrumento de trabajo, un uniforme... Al final de la entrevista nos intercambiamos los contactos. No me voy hasta que no tengo una dirección y un número de teléfono suyo, de su hermana o de su abuela, me da igual, pero siempre un número y una dirección, por varias razones: primero, para enviarle las fotos, como acto de deferencia; segundo, porque nunca se sabe las vueltas que da la vida y cuando puedo necesitar localizarlos.

Ese es, en resumen, mi modus operandi. Me gusta hacerlo así y no sé si con una persona al lado, un ayudante, sería capaz de hacerlo de este modo. Por una parte, a veces echas de menos compañía, alguien que te ayude con el equipo, con las entrevistas, con las localizaciones o simplemente alguien con quién comentar la jornada y buscar formas de mejorar al día siguiente; pero por otra parte, pienso que con una persona siempre al lado perdería bastante libertad de movimiento. Me gusta ir donde me lleve el viento, pararme a hablar con quien me dé el destino, hacer de la entrevista una conversación de tú a tú, algo personal. Y con un equipo de personas a tu alrededor, eso es muy difícil.

Por eso, en el campo de la documentación, hoy por hoy prefiero la idea del llanero solitario.